Estábamos con M. y F. alrededor de un nuevo proyecto alcanzado. Nos dedicamos a desentrañar a ciertos personajes, a adivinar sus intenciones, sueños e inquietudes, a desvelar algún que otro secreto. Lo hacíamos con la confianza habitual, con la alegría del reencuentro. Después fuimos a un cine de oníricas butacas y a cenar con Romitorio, de la I.G.T. Toscana, en Italia, con unas uvas petit verdot y syrah que nos llenaron de fruta, intensidad y ganas de volver.
Entonces sonó Wild world, de Cat Stevens.
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